lunes, 31 de julio de 2017

EL EGO Y LA BESTIA (II)





EL EGO Y LA BESTIA

(Segunda parte)


Wolfgang Smith



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sanatanadharmatradicional

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Capítulo extraído de "Cosmos & Trascendence: Breaking Through the Barrier of Scientistic Belief"
Sophia Perennins, 2008. Traducción al castellano: Roberto Mallon Fedriani.


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El propio Freud siempre se preocupaba de subrayar el carácter científico de sus ideas. La Ciencia, según Freud, constituye el único camino legitimo hacia el conocimiento, y esto ha sido reconocido, además, por la ciencia misma. “Afirma”, se nos dice, “que no hay ninguna fuente de conocimiento del universo que no sea el trabajo intelectual realizando observaciones examinadas cuidadosamente –en otras palabras, lo que llamamos investigación– sin que junto a ello haya ningún tipo de conocimiento derivado de la revelación, la intuición o la adivinación.”[1]  No se nos dice, por supuesto, por medio de qué pasos lleva “el trabajo intelectual sobre observaciones examinadas cuidadosamente” a estas notables conclusiones; pero en cualquier caso, este es uno de los dogmas fundamentales de la visión del mundo freudiana.

Aparte de la ciencia –de la cual el psicoanálisis sería el término final, si no la apoteosis–, Freud reconoce otros tres dominios de la cultura humana: el arte, la filosofía y la religión; los “tres poderes que pudieran disputar la posición fundamental de la ciencia”, y de los que “solo la religión se ha de tomar seriamente como enemigo.”[2] Respecto al primero, “casi siempre es inofensivo y beneficioso; no pretende ser otra cosa que una ilusión.” Por otro lado, la Filosofía, a pesar de sus pretensiones ambiciosas, es al menos inofensiva en tanto que “al no tener una influencia directa sobre la gran masa de la humanidad, resulta de interés únicamente para un pequeño número, e incluso solo para intelectuales de alto nivel, de modo que apenas es inteligible para nadie más”. Esto nos deja únicamente a la Religión como “un inmenso poder” y una seria amenaza para la iluminación científica de la humanidad.

Esto nos lleva a uno de los grandes temas freudianos: “la lucha del espíritu científico contra la Weltanschauung religiosa.” Este parece ser un asunto muy serio para Freud, y como cabría esperar, él ve que el psicoanálisis es el que finalmente será capaz de otorgar la victoria a la Ciencia.  “La última contribución a la crítica de la Weltanschauung religiosa”, afirma, “ha sido llevada a cabo por el psicoanálisis al mostrar cómo la religión se originó a partir de la indefensión de los niños, y encontrando el origen de sus contenidos en la supervivencia hasta la madurez de los deseos y necesidades de la infancia.”[3] En otras palabras, los contenidos de toda creencia sagrada, según Freud, se pueden retrotraer al complejo de Edipo y su precipitado, el “ego ideal” o “super-yo”. Este último, se nos dice, “da respuesta a todo lo que se espera de la naturaleza más elevada del hombre. Como sustituto de la añoranza del padre, contiene el germen a partir del cual han evolucionado todas las religiones.”[4]

A partir de estas afirmaciones podría parecer que Freud considera la religión como una de las ilusiones “beneficiosas”. Sin embargo, en otro lugar se expresa de forma bastante clara sobre esta cuestión:

La religión es un intento de gobernar el mundo sensorial en el que estamos situados por medio del mundo deseable que hemos desarrollado en nuestro interior como resultado de las necesidades biológicas y psicológicas. Pero la religión no puede lograr esto. Sus doctrinas tienen la impronta de los tiempos en los que surgieron, los tiempos ignorantes de la infancia de la humanidad. Sus consolaciones no merecen ser creídas. La experiencia nos enseña que el mundo no es ninguna guardería. Las demandas éticas que las religiones buscan destacar, necesitan tener más bien otros fundamentos, pues son indispensables para la sociedad humana y es peligroso prestarles obediencia con fe religiosa. Si intentamos asignar el lugar de la religión en la evolución de la humanidad, resulta ser no una adquisición permanente, sino la contrapartida a la neurosis por la que tienen que pasar hombres individuales y civilizados en su paso de la infancia a la madurez.”[5]

Por más cuestionable y carente de fundamento que todo esto pueda ser, se dice que lleva el imprimatur de la ciencia. Esto es lo que nos impresiona a los mortales. ¿Si el psicoanálisis es ciencia, ¿como puede el inexperto desafiar sus conclusiones? Una vez aceptado este dogma crucial promulgado por Freud, uno se inclina a creer también en sus demás pronunciamientos ex cathedra.

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Entretanto, parecería que millones de personas han hecho justamente eso. Al igual que la teoría de la evolución, el freudismo ha entrado en el pensamiento contemporáneo dominante, y quizás por la misma razón básica: constituye una doctrina supuestamente científica que da respuesta a una tendencia mayor. Esto no significa que las enseñanzas de Freud –que después de todo son más complejas y difíciles de entender que las tesis darwinistas– hayan sido aceptadas de forma absoluta por las masas. No obstante, numerosos conceptos y actitudes típicamente freudianas han encontrado de hecho su camino dentro de la conciencia popular; por ejemplo, la idea de que la cultura es intrínsecamente “represiva” y por consiguiente mala, que la moralidad es convencional, que la creencia religiosa es una ilusión, y que en el fondo el principio del placer reina por encima de todo. Estos son los puntos de vista que, con toda seguridad, bebemos en nuestras escuelas y a través de los medios de comunicación. Además, pensar de otro modo, es correr el riesgo de ser categorizado como reaccionario, zopenco, o muy posiblemente como neurótico.

Verdaderamente sería difícil sobrestimar la magnitud de la revolución encabezada por Freud. Ha socavado los vestigios que quedaban de la cultura cristiana y ha triunfado brillantemente en su programa de de-conversión. Tal y como señala Philip Rieff, “la caza sistemática de todas las convicciones establecidas representa la base anticultural sobre la cual se está reorganizando la personalidad moderna, no solo en Occidente, sino incluso de forma más lenta en lo que no es el Occidente.”[6]  Es más, está más allá de toda discusión el que Freud haya contribuido al establecimiento de esta tendencia más que ningún otro individuo. “Freud ha sistematizado nuestra falta de fe”, escribe Rieff; “el suyo es el credo más inspirador que se haya ofrecido hasta ahora a una cultura post-religiosa.”[7]  Se podría decir que ha llegado a la existencia un nuevo tipo de ser humano: “el hombre psicológico” –la persona que rechaza de forma instintiva todos los absolutos excepto el absoluto mismo de la ausencia de fe–. “Allí donde estaba la familia y la nación, o la Iglesia y el Partido”, predice Rieff, “habrá hospital y también teatro, las instituciones normativas de la próxima cultura. Entrenado para ser incapaz de sostener satisfacciones sectarias, el hombre psicológico no puede ser susceptible del control sectario. El hombre religioso nació para ser salvado; el hombre psicológico ha nacido para ser satisfecho.”[8]

Es verdad que la doctrina de Freud, en sentido estricto, ha sido ahora ampliamente desbancada. Es demasiado austera y demasiado negativa para mantener un apoyo popular generalizado. La doctrina era emocionante en las primeras décadas del siglo XX, un tiempo en el que los restos del Victorianismo aún no habían sido advertidos. Por otro lado, hoy en día es el “selfismo” en sus incontables formas –“el culto o adoración a uno mismo” como lo llama Paul Vitz– el que ha capturado la escena popular. No es Freud, sino Fromm, Maslow, y Rollo May los gurús psicológicos de la actualidad. Y en ciertos aspectos su doctrina se opone mucho a la doctrina ortodoxa freudiana, la cual no está preocupada en absoluto en ofrecer consolaciones. No obstante, está claro que estas autoridades posteriores están aún siguiendo las huellas del maestro; y si no fuera por la brecha abierta por Freud, no podrían haber ejercido ninguna influencia comparable sobre la sociedad. Hasta que Dios y la religión no han sido destronados de la imaginación popular, no parece tan atractiva la perspectiva de “sentirse bien”.

Mientras tanto, la hostilidad freudiana hacia la religión también ha llegado a estar algo pasada de moda. Una vez que se ha hecho dominante la mentalidad terapéutica dentro de una cultura, ya no se hace necesario vituperar contra el Cristianismo, o contra cualquier otro credo. Entonces uno puede predicar el evangelio del “pluralismo” y la “tolerancia” con la total seguridad de que, a su debido tiempo, toda faceta de la creencia será subjetivizada apropiadamente e incorporada dentro de un panteón universal de ilusiones terapéuticas. Es más, esta fascinante posibilidad no parece haberse perdido por completo en los eclesiásticos. Primero tímidamente, y después en manada, se han presentado para responder a la llamada. Como señala Rieff, “la presente agitación en la Iglesia Católica Romana” poco tiene que hacer con cualquier renovación de la percepción espiritual, sino que constituye “un movimiento hacia acomodaciones más sofisticadas con las comunidades negativas de terapeutas.”[9] Desde este punto de vista, “el hombre consagrado sucumbe ante el analista como funcionario terapéutico de la cultura moderna.”[10]

Pero volvamos a Freud y al psicoanálisis. “Las más de las veces la literatura psicoanalítica contemporánea tiende a apartar el simple hecho de que el psicoanálisis se originó y buscó su validación presentándose como un método para tratar la enfermedad mental. Desde entonces, son muchos los que han intentado –y ninguno conseguido– demostrar de manera convincente que el psicoanálisis (o de hecho ninguna forma de psicoterapia) sea mejor para los pacientes neuróticos que nada en absoluto; esta actitud quizás no sea sorprendente.”[11] Sin embargo, lo que sí es sorprendente es que esa valoración venga (como de hecho lo hace) de un psiquiatra clínico. No obstante, el Dr. Miller no es para nada el primer miembro de su profesión que haya llegado a esa conclusión. Unos treinta años antes, por ejemplo, Abraham Nyerson (un conocido profesional) decía esto:

Yo afirmo definitivamente que el psicoanálisis, como sistema terapéutico, ha fallado en probar su valía. Ante todo, no ha conquistado el campo, como es el caso de cualquier otro acercamiento terapéutico –tal y como he indicado en la primera parte de este artículo–. En el caso de las psicosis, hay más razones para ensalzar las medidas farmacológicas y las estimulaciones fisiológicas que el psicoanálisis. Las neurosis se ‘curan’ por la osteopatía, la quiropraxia, la nux vómica y los tranquilizantes, el sulfato de bencedrina, los cambios de escenario, un soplo en la cabeza, y por el psicoanálisis; todo lo cual probablemente significa que ninguno de ellos ha establecido aun su valor real en el asunto, y con toda seguridad que el psicoanálisis no es especifico. Es más, como muchas neurosis están auto-limitadas, cualquiera que invierta dos años con un paciente obtiene el crédito de una operación llevada a cabo por la naturaleza.[12]

Cabe añadir que Myerson ha liderado una encuesta entre neurólogos, psiquiatras y psicólogos con el fin de averiguar precisamente lo que pensaban sus colegas sobre Sigmund Freud. Los resultados mostraron un espectro muy amplio de actitudes y creencias, y que la opinión experta estaba dividida más o menos por la mitad respecto al valor –tanto teórico como terapéutico– de las enseñanzas freudianas. Parece que hasta la última sombra de opinión sobre el asunto estaba representada en las respuestas. Hubo aquellos, por ejemplo, que ensalzaron las ideas teóricas de Freud, pero sentían que el psicoanálisis “fallaba significadamente de cara a producir resultados beneficiosos”. Hubo también aquellos que creían que “la doctrina de la sexualidad infantil estaba completamente en contra de los hechos”, y aquellos que sostenían que podía sustanciarse objetivamente en gran medida. Hubo quienes creían incondicionalmente que el psicoanálisis es la panacea para la mayoría de las enfermedades, y quienes afirmaban que menos de la mitad de sus pacientes podrían beneficiarse de los métodos freudianos. Hubo psiquiatras que sostenían que el 60 por ciento de las veces el psicoanálisis hace más perjuicio que beneficio, y que en cuatro de cada cinco casos el análisis “no está indicado”. Hubo aquellos que aclamaban a Sigmund Freud como el profeta de nuestra era, y aquellos que consideraban sus pronunciamientos “una de la anomalías más extrañas y extravagancias más fantásticas de principios del siglo XX”. “Cuando uno lee”, dice Myerson, “en el libro de Freud ‘La civilización y sus descontentos’ que la mujer se ha convertido en el guardián del fuego del hogar porque ella esta anatómicamente constituida de manera que no puede apagar el fuego con un chorro de orina, uno piensa cómo ha sido posible que se hayan aceptado esas doctrinas.” ¡De hecho uno se lo pregunta! Mientras tanto, y aparte de cualquier otra conclusión que se pueda extraer de estas observaciones diversas, una ausencia de acuerdo como ésta entre los expertos es suficiente por sí misma para probar que aquello con lo que estamos tratando no es una auténtica ciencia, ni un sistema médico exitoso.

Si bien no estamos al tanto de ninguna otra encuesta reciente de naturaleza comparable, parece que el prestigio del psicoanálisis freudiano ha disminuido considerablemente dentro de los círculos profesionales desde los tiempos de Myerson. “Excepto en Francia, donde los conceptos de Freud aún siguen teniendo considerables efectos”, escribe Vitz, “la influencia del psicoanálisis está en declive. En los Estados Unidos ha estado sujeto a una crítica constante desde todos los puntos de vista durante años.”[13] La mayor estocada de esta crítica es que los métodos freudianos han probado ser completamente ineficaces en el tratamiento de los trastornos mentales. “Como consecuencia”, dice Rieff, “hay nuevos polemistas acusando a Freud por toda la tierra…”[14] Podríamos añadir que uno de los que más se hace oír de entre ellos es Thomas Szasz, otro psiquiatra respetable que ha ido tan lejos como para incluso argumentar que el mismo concepto de “enfermedad mental” es erróneo y engañoso. Conforme a esta postura, Szasz sostiene que la psicoterapia como tal no es, propiamente hablando, un sistema de la medicina, sino una técnica de influencia y de control. Es más, culpa a esta técnica de ser utilizada frecuentemente de manera inmoral y dañina; de que este asunto ha sido ocultado sistemáticamente; y afirma “que todo ese tipo de intervenciones y propuestas deberían considerarse malignas mientras no se demuestre lo contrario”.[15] Entretanto, la psiquiatría continúa sin embargo extendiendo su influencia tanto en Occidente como en Oriente.


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Es indiscutible que el psicoanálisis coloca al paciente en una posición de extrema vulnerabilidad, y lo somete a influencias que no puede ni entender ni controlar. Como ha señalado Salter, “la totalidad del proceso psicoanalítico fomenta la forma más completa y peligrosa de dependencia.”[16]  Por otro lado, es bien sabido que el psicoanálisis debe la eficacia que pueda tener –cualquier que sea– al establecimiento de una relación especial entre el paciente y el analista, una relación conocida como “transferencia”. Como dice Freud:

El paciente no está satisfecho con considerar al analista a la luz de la realidad, como alguien que le ayuda y le aconseja y que además recibe una remuneración por los problemas con los que carga…; por el contrario, el paciente ve en su analista el retorno –la reencarnación– de alguna figura importante de su infancia o su pasado, y consiguientemente transfiere sobre él sentimientos y reacciones que sin duda se corresponden con su modelo.[17]

En otras palabras, el paciente pierde el contacto con la realidad y sucumbe ante una actitud más o menos infantil; una actitud que proporciona al analista poder sobre su mente. “Si el paciente pone al analista en el lugar de su padre (o madre)”, explica Freud, “también le está proporcionando el poder que ejerce su super-yo sobre su ego, ya que sus padres fueron, como sabemos, el origen de este super-yo. El nuevo super-yo tiene la oportunidad de llevar a cabo una especie post-educación del neurótico…”[18] En cualquier caso –tanto si aceptamos las teorías de Freud sobre el super-yo y sus raíces libidinales, como si no– permanece el hecho de que por medio de la transferencia el paciente se ha abierto a sí mismo a las influencias que emanan de su analista. Se llaman “sugestiones” en la medida en que esas influencias son manipuladas conscientemente por el analista. Es así como la transferencia prepara el camino hacia la sugestión, y este doble proceso constituye sin duda el mecanismo central de la terapia psicoanalítica. “La influencia de la terapia psicoanalítica se funda esencialmente en la transferencia, es decir, en la sugestión”, dice Freud.[19] 

Detengámonos para considerar algunas de las implicaciones de esta sorprendente confesión. En primer lugar, ahora resulta que el testimonio psicoanalítico del paciente es probable que haya sido influenciado por el analista y sus conceptos preconcebidos. Como explica el propio Freud: “El mecanismo de nuestro método curativo es de hecho bastante fácil de entender; le damos al paciente la idea consciente (bewusste Erwartungsvorstellung) de lo que puede que él esté esperando, y la similitud de esto con la idea inconsciente reprimida le lleva a que él mismo se encuentre con esta última.”[20] Pero la existencia de dicha “similitud” con el material reprimido es solo una hipótesis; además gratuita. Lo que sabemos, y lo único que es observable, es que el analista hace sugerencias, y que eventualmente el paciente reproduce las temáticas e imágenes que han sido implantadas con anterioridad en su mente. Ahora bien, esto se explica fácilmente –y sin necesidad de más supuestos– por medio del hecho de que el paciente, en virtud de la transferencia, se ha hecho patológicamente vulnerable a los deseos e insinuaciones del analista. Está virtualmente en el estado de un sujeto hipnotizado, preparado para demostrar cualquier cosa que le haya sido sugerida por el hipnotizador. Como observa Freud, una transferencia positiva de este tipo “altera por completo la situación analítica y desvía el propósito racional del paciente de mejorar y liberarse de sus dificultades. En vez de ello surge el propósito de halagar al analista, de ganarse su aplauso y su amor.”[21] En relación con esto uno recuerda aquellas mujeres desafortunadas que confesaron haber sido seducidas por su padre. Aunque uno no sabe cuánto aplauso y amor obtuvieron de vuelta por sus invenciones incestuosas, uno puede estar seguro que el propio Freud fue “complacido”.

Aparte del hecho de que lo que se ha dicho respecto al mecanismo de transferencia y de sugestión arroja serias dudas sobre la objetividad de los hallazgos del psicoanálisis, también señala el terrible peligro al que se expone el paciente entrando intencionalmente en el pacto psicoanalítico. Tal y como se admite a veces en los círculos profesionales, incluso una persona perfectamente normal que se somete al psicoanálisis está obligada a contraer una neurosis bona fide como consecuencia directa del proceso psicoanalítico.[22] Y no hace falta decir que cuanto más confuso y desgraciado se hace el paciente, tanto más susceptible será a las insinuaciones de su analista. “Con el arpón de la transferencia en el paciente”, dice un psicólogo clínico, “el analista le puede dar cualquier interpretación, aun cuando sea ridícula, y el paciente normalmente la secundará.”[23]

Pero parece que el menor de los peligros al que se expone el paciente desafortunado es la aceptación de enseñanzas absurdas. Para empeorar las cosas, hay incuestionablemente un lado oculto del psicoanálisis. Incluso la transferencia como tal es algo bastante misterioso, algo que uno no entiende suficientemente. Freud parece haberse dado cuenta de esto a veces, especialmente cuando en el curso de sus investigaciones se encontró con determinados fenómenos extraños. Es así como, sin comprometerse a sí mismo en el asunto, consideró que lo más probable fuese que la transferencia pudiese traer a la escena medios desconocidos de comunicación psíquica y de influencia, tales como la telepatía.[24]   Pero esto significa, dicho en términos claros, que el paciente psicoanalítico se abre a sí mismo a fuerzas que ni siquiera el propio analista comprende. Asimismo, significa que en algún momento del proceso también el analista puede haber sido víctima de influencias ocultas que no están conscientemente bajo su control. Y esto parece lo más probable si uno recuerda que, conforme a la tradición freudiana, el psicoanalista ha de ser analizado antes.

Ahora bien ¿cuál podría ser la naturaleza y el origen –digámoslo en términos muy generales– de estas fuerzas misteriosas para cuyo desencadenamiento está diseñado el escenario del psicoanálisis? Parece que una buena mirada a las imágenes típicas que el proceso desentierra del inconsciente nos pondría en la pista. Después de todo, el Cristianismo ha proclamado durante largo tiempo que hay de hecho “fuerzas oscuras” dentro de la Creación que pueden actuar sobre nuestras mentes. “¿Qué es este susurro más hiriente del Enemigo?”, pregunta Tauler, “Es toda imagen o sugestión que comienza en tu mente.” ¿Debemos concluir que el id freudiano representa de hecho el reino infernal, una ejemplificación –por así decir– del mundo infernal? Como hemos señalado anteriormente, este parece ser el caso. E irónicamente, el propio Freud lo dio a entender cuando inscribió la siguiente línea de Virgilio atravesando la página del título de su primera obra importante: Flectere si nequeo superos, acheronta movebo ("Si no puedo persuadir a los dioses del cielo, moveré a los de los infiernos").[25]



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[1] NILP, p159.
[2] Ibid., p160.
[3] Ibid., p167.
[4] The Ego and the ld, p27.
[5] NILP, p168.
[6] The Triumph of the Therapeutic (New York: Harper, 1968), p13.
[7] Ibid., p40.
[8] Ibid., p24.
[9] Ibid., p253.
[10] Ibid., P77·
[11] 'Psychoanalysis: A Clinical Perspective', en Freud: The Man, His World His Influence, ed., Jonathan Miller (Boston: Little, Brown & Co., 1972), p112.
[12] 'The Attitude of Neurologists, Psychiatrists and Psychologists Towards Psy- choanalysis', American journal of Psychiatry, vol. 96 (1939), p 640.
[13] Psychology as Religion (Grand Rapids, Eerdmans, 1977), p13.
[14] The Triumph of the Therapeutic (cited inn 126).
[15] The Myth of Psychotherapy (Garden City: Doubleday, 1978), pxxiii.
[16] The Case Against Psychoanalysis, p145.
[17] AOP, pp65-66.
[18] Ibid., p67.
[19] A General Introduction to Psychoanalysis (New York: Liveright Publishing, 1960), p390.
[20] Collected Papers, val. 2 (New York: Basic Books, 1959), p286
[21] AOP, p66
[22] Ver The Case Against Psychoanalysis, pp2-3.
[23] Ibid., p124.
[24] Ver por ejemplo, NILP, pp 47-56.
[25] Die Traumdeutung (Viena: Deuticke, 1900).



domingo, 30 de julio de 2017

EL EGO Y LA BESTIA ( I )





EL EGO Y LA BESTIA

(Primera parte)


Wolfgang Smith



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sanatanadharmatradicional

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Capítulo extraído de "Cosmos & Trascendence: Breaking Through the Barrier of Scientistic Belief"
Sophia Perennins, 2008. Traducción al castellano: Roberto Mallon Fedriani.



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Entre Darwin y Freud solo hay comparativamente un pequeño paso. Dado que la especie humana derivaría de antepasados subhumanos, su mentalidad también habría evolucionado a partir de una auto-consciencia rudimentaria: lo racional de lo no-racional, la auto-consciencia de lo instintivo. Si tal fuera el caso, no puede ser sino algo natural suponer que la psique bestial aún existe en nosotros, oculta detrás –o debajo– de la mente consciente como un vestigio del estadio animal. Y es así como como llegamos en esencia al id[1] freudiano, al sustrato psíquico que Freud entiende ser “el núcleo de nuestro ser”[2].

Es cierto que Freud ha restringido este concepto vaciando el id de todas las facultades relativas a la percepción del mundo exterior y de la respuesta a estímulos exteriores: el id freudiano, como tal, no está en contacto con el ambiente externo. Solo conoce acerca de sus propias necesidades somáticas, de “tensiones” que busca eliminar a través de una descarga apropiada de energía. “Catexis[3] instintivas que buscan la manera de descargarse”, dice Freud, “y que, desde nuestro punto de vista, están todas allí, en el id.”[4] Parece entonces que “el núcleo de nuestro ser” no estaría especialmente bien dotado, y que no habría mucho que decir sobre ello. El mismo Freud deja esto perfectamente claro:

Es la parte oscura, inaccesible de nuestra personalidad… lo llamamos caos, un caldero lleno de excitaciones en ebullición… carece de organización, no produce ninguna voluntad colectiva, sino que únicamente busca la satisfacción de las necesidades instintivas sujetas al cumplimiento del principio del placer.[5]


Considerando que no puede haber ninguna vida animal sin algún tipo de selección, adaptación y control, está claro a partir de aquí que incluso en los animales más inferiores el id necesita ser complementado por otra formación psíquica que pueda actuar como intermediario entre él mismo y el ambiente exterior. Según Freud, este segundo componente de nuestra constitución psíquica deriva del primero. “Bajo la influencia del mundo real exterior que nos rodea”, se nos dice, “una parte del id ha sufrido un desarrollo especial. A partir de lo que originalmente era una capa cortical  dotada de órganos para recibir los estímulos, y con un aparato de protección contra una excesiva estimulación, ha surgido una organización especial que en lo sucesivo actua como intermediario entre el id y el mundo exterior. Esta región de nuestra vida mental ha sido llamada ego.”[6]

Para llevar a cabo esta función intermediaria, el ego debe por supuesto comunicarse con el id. Para empezar, en tanto en cuanto el ego no tiene energía propia, se ve obligado a obtener su poder a partir del id; y habiendo conseguido esto de alguna forma (parece que a menudo, con la ayuda de estratagemas taimadas), debe entonces acometer la guía del organismo hacia el cumplimiento de sus funciones naturales, una tarea que implica el ejercicio de determinados controles sobre las propensiones instintivas del id. A este respecto, el ego puede compararse con un jinete controlando su caballo. Pero, como señala Freud, la relación entre el ego y el id se corresponde de hecho con una situación que está lejos de ser ideal, pues en este caso resulta que el jinete está obligado eventualmente a guiar su montura hacia un destino que no ha sido elegido por otro que el propio caballo. “El ego”, sostiene Freud, “debe llevar adelante completamente las intenciones del id.”[7] Y también: “El poder del id expresa el verdadero propósito de la vida individual del organismo.”[8] En una palabra, el ego es poco más que una máscara, “una forma de fachada”[9] detrás de la cual se encuentra el id.


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Antes de continuar examinando algunos de los demás conceptos de la doctrina freudiana, es conveniente detenerse y reflexionar por un momento sobre lo que se ha dicho hasta ahora respecto al ego y al id. Para empezar, observemos que las enseñanzas freudianas –bastante sorprendentemente– tienen algo en común con la antropología cristiana. De hecho, están de acuerdo en una profunda verdad que normalmente pasamos por alto, y que es crucial para cualquier comprensión profunda del hombre. Podría decirse de la siguiente manera: el hombre en su estado egocéntrico ha olvidado quién es. En este estado no se conoce correctamente a sí mismo. Se identifica con el ego, y al hacerlo falla en reconocer que el ego como tal es meramente un fenómeno –un efecto, o quizás una imagen, de lo que somos–. ¿Y cuál es esa verdadera naturaleza; el verdadero “núcleo de nuestro ser”? Es aquí, en la respuesta a esta cuestión básica, donde divergen el Cristianismo y Freud. Para el cristiano, el núcleo de nuestro ser se localiza en el alma, o en la parte más elevada del alma, que es en sí una imagen –no de algo contingente o temporal, sino de Dios Mismo–. Ésta es la razón por la que Clemente de Alejandría y otros muchos santos podían afirmar: “Si un hombre se conoce a sí mismo, conocerá a Dios.” Ahora bien, la respuesta de Freud a la perenne pregunta “¿Quién soy yo?” es bastante diferente: para él, como hemos visto, la búsqueda conduce, no a una imago Dei sino a un “caldero hirviente de excitaciones”, o a un caos de “catexis instintivas que buscan la manera de ser descargadas.”

Esto no quiere decir que cosas tales como las “excitaciones en ebullición” o las “catexis instintivas” no existan. Ciertamente, se ha de admitir, tanto desde un punto de vista tradicional como freudiano, que nuestra constitución psíquica es compleja y admite distintos niveles. Sin embargo, la diferencia esencial entre la psicología tradicional y la freudiana radica en el hecho de que la primera prevé un orden jerárquico que conlleva no solo una parte “inferior” –hecha de capas subconscientes–, sino una parte “superior” constituida por lo que se podrían llamar “grados espirituales”. De seguro que en nuestro estado presente estos niveles superiores de consciencia están también obscurecidos, tanto como el id freudiano, y lo que para nosotros es el inconsciente, está hecho de los elementos más disparatados: comprende las verdaderas antípodas del espectro psíquico. Entonces, el ego, con su banda de conciencia estrecha y cambiante, ocupa un lugar intermedio: está situado en algún lugar “entre el Cielo y el Infierno”, o entre aquello que responde respectivamente en nosotros a estas dos denominaciones. De aquí que, simbólicamente hablando, en principio sea posible tanto ascender como descender desde el plano del ego. Además, “ascender” es acercarse al verdadero núcleo de nuestro ser: es alcanzar un grado más elevado de auto-conocimiento. Del mismo modo, también es por un “descenso” –una desviación de la naturaleza arquetípica y una cierta caída en el olvido– como hemos llegado al nivel familiar de nuestra existencia psíquica –el ego, al que normalmente tomamos como nuestro propio sí mismo–. Es más, este movimiento descendente no ha alcanzado aún su límite extremo: todavía hay un “abajo” en el que es posible deslizarse. Habiendo sido creado “reflexivo y sabio a imagen de Dios”, como dice Gregorio de Sinaí, el hombre no obstante tiene la opción de hacerse “bestial, insensible, y casi demente”.

Difícilmente cabria concebir una mejor descripción del id freudiano. Es más, cabría suponer que para los hombres con discernimiento espiritual no sería sorprendente la existencia en nosotros de un “reino infernal” así. Por tanto, la principal contribución de Freud radica en el hecho de haber elevado este elemento particular de nuestra constitución psíquica al estatus de primer principio: lo ha convertido en “el núcleo de nuestro ser”. Aquello que en los esquemas tradicionales se presenta como el sector más inferior de la existencia psíquica –una mera sombra de esa luz supra-psíquica que reside en nosotros como una imagen de Dios– se convierte a los ojos de Freud en nuestra auténtica alma. Un análisis más profundo de la doctrina freudiana muestra que es una inversión de la verdad cristiana.

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Pero sigamos adelante. Tras formular sus ideas acerca del ego y del id, el propio Freud llegó a darse cuenta de que algo había quedado fuera de la cuenta. Después de todo, la vida del hombre no está preocupada exclusivamente por las necesidades biológicas y las exigencias de supervivencia. Tiene también un propósito más elevado que encuentra su expresión especialmente en las esferas del arte y de la religión, así como en incontables acciones y reacciones de nuestra vida diaria. Por tanto, debería haber algo en nuestro aparato psíquico que se correspondiese con los aspectos ideales de la cultura humana; una estructura que engendre y de soporte a los distintos modos de idealismo. Ahora bien, en primer lugar, es obvio que el id no puede hacer tal cosa per se. Además, el ego, habiendo emergido del id bajo la influencia de las percepciones exteriores –como hemos señalado anteriormente– está ocupado principalmente con la tarea de “representar el mundo eterno al id”[10] ; una función que es necesaria para la supervivencia del organismo. Así pues, por su génesis y su raison d’etre, el ego es un realista: está más preocupado son las realidades externas que con las normas o los ideales. “Para decirlo de una forma popular”, observa Freud, “podemos decir que el ego representa a la razón y al sentido común, mientras que el id representa la pasión indómita”.[11] Y aunque se aviene quizás más a “las cosas más finas de la vida” que el abiertamente bestial id, el ego como tal no puede ser ni un moralista ni un artista, ni siquiera un ciudadano formal de una sociedad civilizada. Por consiguiente, para explicar el –así llamado– aspecto más elevado de la vida humana, se requiere una estructura psíquica nueva, una estructura que por el mismo hecho de sus propensiones ideales debe estar separada de alguna manera del ego. Y a esto es a lo que Freud se refiere con el “super-yo”, denominado así porque actúa como observador y juez del ego, y porque prescribe las normas que se supone debe seguir este último, así como el ideal que está llamado a emular. Es por esta razón por lo que algunas veces se le llama “ego ideal”.

Hasta ahora la doctrina parece suficientemente prometedora.  Sin embargo, para comprender hacia donde está yendo Freud debemos seguirle cuando intenta describir y explicar la génesis de esta nueva entidad psíquica. Y esto nos lleva hasta el célebre complejo de Edipo: la extraordinaria teoría que afirma que durante determinado estadio de la vida del niño varón, éste experimenta un deseo de asesinar a su padre y tener relaciones sexuales con su madre; mientras que la niña, por el contrario, se vuelve en contra de su madre y desea tener un hijo de su padre. Para complicar aún más las cosas, según Freud todo ser humano es intrínsecamente bisexual a lo largo de su vida, de modo que incluso en la infancia las tendencias homosexuales entran en escena. Conforme a esto, resulta que el niño está de hecho preocupado por un complejo de Edipo “doble” o “completo”, hecho de cuatro deseos perversos. En el curso “normal” de los acontecimientos –y después de muchas angustias, frustraciones, y experiencias traumáticas– el complejo de Edipo es finalmente “disuelto” en el momento en el que “las cuatro tendencias por las que está constituido se agrupan de tal forma que producen una identificación con el padre y una identificación con la madre.”[12] Esta metamorfosis se supone que tiene lugar alrededor de los cinco años, y se piensa que da lugar a la tercera estructura básica de nuestra constitución psíquica:

El resultado general de la fase sexual dominada por el complejo de Edipo puede por tanto entenderse como la formación de un precipitado en el ego consistente en estas dos identificaciones, de modo que quedan unidas entre sí de alguna manera. Esta modificación del ego conserva su posición especial; confronta los demás contenidos del ego como “ego ideal” o “super-yo”.[13]

El “super-yo” representa entonces un tipo de internalización de la imagen bipolar parental. Como “heredero del complejo de Edipo”, es una expresión de lo que Freud califica como “las vicisitudes libidinales más importantes del id” [14] y que son justamente los impulsos que, como hemos visto, se expresan a sí mismos en la fase edípica como tendencias hacia el incesto y el parricidio. Estas “vicisitudes libidinales del id” encontrarán –probablemente– canales más aceptables de auto-expresión dentro de la estructura del super-yo que han ayudado a producir. “Estableciendo este ideal de ego”, continua Freud, “el ego domina el complejo de Edipo y a la vez se coloca bajo el sometimiento del id.”

Al final de este tortuoso camino descubrimos que, a pesar de su frecuente apariencia mojigata, el super-yo no es sino otra proyección del id. Al igual que todo lo demás dentro de la psique humana, no es más que una fachada de la bestia que hay en nosotros, el “oscuro id” que constituye “el núcleo de nuestro ser”.


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Naturalmente, surge la cuestión sobre cómo ha sido Freud capaz de determinar la veracidad de estas alarmantes conclusiones. Por ejemplo, ¿cómo se va a verificar que el super-yo –el vehículo de todo pensamiento ideal– surge de la disolución del complejo de Edipo? ¿O cómo podemos estar seguros de que realmente se da en primer lugar un complejo de Edipo? Freud tiene mucho que decir acerca de las fantasías sexuales de los niños, pero ¿cómo sabe él estas cosas? ¿cómo averiguó que cuando una niña pequeña tiene el primer atisbo del órgano masculino se ve inmediatamente aquejada de la “ansiedad de castración”, se siente “con una gran desventaja”, y “cae víctima de la envidia del falo; todo lo cual le deja señales indelebles en su desarrollo y en la formación del carácter…”[15] ¿Es esto un hecho, un dato a partir del cual se puedan extraer conclusiones científicas válidas? ¿O se trata solamente de una suposición, una conjetura que en sí requiere anclarse en hechos observables?

De hecho, sería difícil afirmar que cosas tales como la denominada “ansiedad de castración” y la “envidia del falo” sean científicamente observables en el niño. El mismo Freud señala en relación a esto que “uno tiene la oportunidad de ver niñas pequeñas y no se percata de nada parecido a esto.”[16] No obstante, continúa asegurándonos que “se puede llegar a ver suficiente en los niños si uno sabe cómo mirar.” ¿Pero qué significa esto? ¿En qué consiste esta forma superior de mirar? ¿No se trata más bien de captar selectivamente distintas facetas del comportamiento infantil y de interpretarlas conforme a ciertas ideas preconcebidas? Uno recuerda aquella frase célebre de Freud sobre el cuidado de los niños: “al caer dormido completamente satisfecho sobre el pecho materno, muestra un aspecto de bienestar consumado que retornará de nuevo más tarde en la vida tras experimentar el orgasmo sexual”. No obstante, parece que Freud no da mucho crédito a las posibilidades resultantes de la “observación entrenada”. Es así como nos pide que consideremos “lo poco de sus deseos sexuales que puede traer un niño a la expresión preconsciente, o ni si quiera comunicar”; y continua señalando que “de acuerdo con esto, no hacemos sino el bien si estudiamos los residuos y consecuencias de este mundo emocional retrospectivamente en personas en las que estos procesos de desarrollo han alcanzado un grado de expansión especialmente evidente, incluso excesivo.”[17] Pero decir esto es, en primer lugar, asumir  que existen las fantasías infantiles en cuestión, y en segundo lugar, que continúan creciendo y desarrollándose hasta la vida adulta, en donde de hecho pueden alcanzar “un grado de expansión especialmente evidente e incluso excesivo.” ¿Acaso no es esto un ejemplo clásico de petición de principio? Uno no puede sino estar de acuerdo con Andrew Salter cuando se refiere a todo este tren de pensamiento freudiano como un “crescendo progresivo de razonamientos incorrectos.”[18]

Para empeorar aún más las cosas desde el punto de vista epistemológico, resulta que somos incapaces de llegar a nuestro fin a través del estudio de adultos normales, pues es especialmente en el adulto anormal, en el paciente neurótico, en donde se pueden observar definitivamente estos fenómenos esquivos. “La patología”, dice Freud, “siempre nos ha prestado el servicio de hacernos discernibles, por medio del aislamiento y la exageración, estados que permanecerían ocultos en un estado normal.” Pero por supuesto, esta es otra hipótesis, otro supuesto que ha de admitirse a fin de sostener el argumento freudiano. Al igual que en caso de la homosexualidad y los apetitos incestuosos de los infantes, se ha de suponer que estos “estados” permanecen ocultos en los individuos normales. Pero incluso admitiendo esta hipótesis adicional, nuestras dificultades están lejos de haber sido superadas. De hecho, hay que decir que acaban de empezar, pues al intentar extraer conclusiones científicas del galimatías de testimonios que se pueden obtener de los pacientes neuróticos, uno se ve forzado más que nunca a seleccionar e interpretar, en resumen, a hipotetizar; pues no se debe suponer que, incluso bajo un análisis experto, el paciente pueda simplemente recordar cosas tales como la supuesta fase edípica de desarrollo. “Recordarán”, nos dice Freud en relación con esto, “un episodio interesante en la historia de la investigación analítica que me causó muchas horas de angustia. En el periodo en el que el interés principal estaba dirigido a descubrir los traumas sexuales infantiles, casi todos mis pacientes femeninos me dijeron que habían sido seducidas por su padre. Esto me llevó a darme cuenta al final de que estas afirmaciones no eran ciertas… Solo después fui capaz de reconocer en esta fantasía de ser seducida por el padre, la expresión del típico complejo de Edipo en las mujeres.”[19]

Merece la pena señalar que estas fantasías incestuosas se suscitaban “durante el periodo en el que el interés principal [esto es, el interés principal de Freud] se dirigía al descubrimiento los traumas sexuales infantiles.” Uno no puede sino preguntarse hasta qué punto estas imaginaciones perversas podrían haber sido sugeridas en el curso del análisis, especialmente si uno considera esos asuntos como “transferencias” y otros procesos más o menos ocultos asociados con el psicoanálisis. Pero esto es algo que abordaremos después cuando entremos en proceso psicoanalítico como tal. Por el momento solo queremos subrayar lo que hemos dicho anteriormente; a saber: incluso después de que uno ha admitido todos los supuestos necesarios que permiten considerar las fantasías de los pacientes neuróticos como un terreno de prueba legitimo para la elaboración de teorías acerca de la sexualidad infantil, apenas se ha dado un solo paso hacia la confirmación de la teoría del Edipo. Por consiguiente, no hay duda de que esta doctrina ha sido rechazada por la mayoría de las escuelas contemporáneas de psicología, y que, incluso entre los más reconocidos seguidores de Sigmund Freud, existe una tendencia pronunciada a hacer nuevas lecturas y extraer nuevos significados de la vieja fórmula con el fin de llegar a algo que sea más aceptable.

La contundencia de los argumentos de Freud ha sido cuestionada desde el principio por científicos y filósofos, incluyendo los muchos que simpatizaban con esta doctrina. Ludwig Wittgenstein, por ejemplo, a la vez que comentaba de forma aprobatoria lo que él llamaba “el encanto” de la teoría freudiana, insistía no obstante en que estas enseñanzas carecían de status científico. Todo ello es bastante interesante, dice de hecho, pero ¿cómo se puede comprobar que sea verdadero? Y Robert Sears, de Harvard, en un informe concienzudo encargado por el Consejo de Investigación de Ciencias Sociales, resumió estas dudas en los siguientes términos:

Los experimentos y observaciones examinados en este informe dan testimonio de que son escasos los investigadores que se sientan libres de aceptar que las aserciones de Freud sean creíbles. La razón radica en el mismo factor que hace del psicoanálisis mala ciencia: su método. El psicoanálisis se basa en técnicas que no admiten la repetición de la observación, carecen de validez auto-evidente, y están teñidas hasta un grado desconocido con las sugestiones del propio observador. Estas dificultades puede que no interfieran seriamente con la terapia, pero cuando se utiliza el método para descubrir hechos psicológicos que son requeridos para tener validez objetiva, sencillamente falla.[20]

Freud, por su parte, estaba preparado para defenderse insistiendo en que “las enseñanzas del psicoanálisis están basadas en un número incalculable de observaciones y experiencias, y nadie que no haya repetido esas observaciones sobre sí mismo o sobre otros está en situación de llegar a realizar un juicio independiente de ellas.”[21] Por supuesto, ‘repetir observaciones sobre uno mismo’ significa ser psicoanalizado, y lo que Freud nos está diciendo claramente es que solo los psicoanalizados o los psicoanalistas están capacitados para juzgar la verdad de su doctrina. No hace falta decir que esta afirmación capital no fue bien con sus críticos, y si antes tenían dudas acerca de la validez científica de las afirmaciones freudianas, ahora quedaba claro que, a pesar de cualquier cosa que se dijera –a favor o en contra– de la doctrina psicoanalítica, lo cierto es que no se trataba de una teoría científica.

No obstante, parece que a esta valoración final solo han llegado unos pocos pensadores. Dentro de círculos más amplios, y especialmente entre los artistas bohemios, los actores, y los literatos, la distinción sutil entre ciencia y ficción se ha pasado en general por alto. “El resultado neto”, dice un psicólogo contemporáneo, “fue una campaña de relaciones públicas que no podría haberse llevado a cabo ni con un millón de dólares. Una vez que el psicoanálisis se puso de moda entre los escritores, solo quedaba un pequeño paso para que sus lectores más impresionables se sentaran angustiados e impacientes en las salas de espera de los psicoanalistas.”[22]





[1] N.T. Este id se suele traducir en la literatura psicoanalítica como “Ello”.
[2] An Outline of Psychoanalysis, citado en adelante como AOP (New York: Norton, 1949), p108..
[3] N.T. Catexis: “carga energética”; a veces llamada también “carga o investidura libidinal”.
[4] New Introductory Lectures on Psychoanalysis; citado en adelante como NILP (New York: Norton, 1965), P74·
[5] Ibid., pp 73-74.
[6] AOP, p15.
[7] NILP, P77.
[8] AOP, p19.
[9] Civilization and its Discontents (New York: Norton, 1962), pp 12-13.
[10] NILP, p75.
[11] Ibid., p76.
[12] The Ego and the Id (New York: Norton, 196), p24.
[13] Ibid.
[14] Ibid., p26.
[15] NILP, 125.
[16] Ibid., p121.
[17] Ibid.
[18] The Case Against Psychoanalysis (New York: Citadel Press, 1963), p18.
[19] NILP, p120.
[20] Survey of Objective Studies of Psychoanalytic Concepts, Social Science Research Council, Bulletin 51, New York 1943, p133.
[21] AOP,P9
[22] The Case Against Psychoanalysis, op.cit., p11.